Semana Santa en Erbil

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Ser cristiano en Iraq no es fácil. Tras las presentaciones y querer saber si te decantas por el Real [Madrid] o el Barcelona, es lo siguiente que comentan. El fútbol es más que fútbol, es también política. Lo mismo ocurre con la religión. Y por eso los diferentes partidos tienen bien delimitada su base electoral entre las confesiones religiosas.

Ankawa es el barrio cristiano de Erbil, la capital de la Región Autónoma del Kurdistán Iraquí. Hace apenas 40 años estaba separado por varios kilómetros de campo de la ciudadela originaria, pero el crecimiento urbanístico que está experimentando la región ha unido ambas partes. Aquí las costumbres son diferentes y sus habitantes lo resaltan al extranjero que acaba de llegar. Ellos [los musulmanes] no les dejan poder vivir su religión tan abiertamente como querrían. Aparentemente no se observan problemas. Desde hace unos años se han decidido tomar medidas desde el ayuntamiento del barrio para limar tensiones. Sin embargo, los líderes cristianos expresan su preocupación en que el progresivo deterioro de la situación en el resto de Iraq se extienda al Kurdistán.

Esta región ha acogido durante los últimos 30 años a los cristianos de todas las confesiones que han huido de otras partes de Iraq. No es porque se acepte plenamente la libertad religiosa, sino que su peso demográfico puede ayudar a decidir en votaciones clave.

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La semana santa en Ankawa se vive con un fervor contenido. Los asistentes a las misas son numerosos, incluso en iglesias pequeñas como la de Mar Gorguis [San Jorge], la más antigua del barrio. Esta iglesia es de rito caldeo, la comunidad más numerosa. Estas ceremonias son largas y se realizan en arameo, aunque muchos cristianos lo abandonaron en su vida diaria por miedo a las represalias de los grupos radicales. Mientras los adultos oran, los niños juegan fuera hasta que comience la misa. Mar Gorguis es una iglesia muy tradicional y la misa se canta de cara al altar. El párroco luce una vistosa casulla morada y una larga estola que resaltan cada giro hacia los asistentes.

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A la misa del sábado santo en la iglesia de Mar Yusuf [San José] asisten casi tres mil personas, más de las que caben. Se trata de la sede titular de la archidiócesis de Erbil [también caldea] y ésta es la misa más importante de toda la semana. En sus jardines se habilitan sillas y pantallas para que sigan la misa quienes no pueden entrar al templo. En él, monseñor Bashar Warda oficia la ceremonia de cara a la nave central. Los asistentes se amontonan en las naves laterales y en la única entrada abierta. La gente intenta entrar, pero los jóvenes encargados de la organización no se lo permiten, ha de primar la seguridad.

Excepto las voces de algunos niños, rápidamente reprendidos, el ruido durante las tres horas de misa es mínimo. La voz del arzobispo resuena en los altavoces. Y lo que resulta extraño es que en ningún momento suena un teléfono móvil. No es debido a la buena educación de los asistentes; la iglesia tiene inhibidores de señales. Lo mismo ocurre en otras. La seguridad que controla a quienes entran en las iglesias también se repite, al igual que los coches del ejército cortando y controlando las calles adyacentes durante las ceremonias. La aparente falta de problemas en Ankawa contrasta con la realidad.

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Los grupos de jóvenes que ayudan en todas las iglesias se ven muy activos y comprometidos. Están compuestos por chicos y chicas de entre 16 y 25 años. Se encargan de la organización, de buscar asientos para las personas mayores o mujeres embarazadas, de cantar en la coral, de montar y desmontar, en definitiva, de todo lo necesario para que estas multitudinarias misas se desarrollen correctamente. Además, se les ve alegres y siempre dispuestos a ayudar. Todos vestidos con pantalón oscuro, camisa blanca y corbata negra; la mayoría con las mangas remangadas, la frente empapada en sudor y una sonrisa permanente cada vez que se les pide ayuda. Estar dentro de la iglesia no resulta fácil, ni para quienes están controlando ni para quienes asisten a la eucaristía. Los jóvenes al menos pueden salir, así que aprovechan la menor oportunidad para escaparse. A la hora de pasar el cepillo por el exterior los mayores tiran de rango y con la excusa de proteger la recaudación, se dan una vuelta por el jardín en una noche abierta y con una inmensa luna menguante.

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También están los otros grupos de jóvenes menos interesados en la misa y más interesados en posar con sus mejores galas. Ellas con tacones dignos de un equilibrista. Ellos con peinados del tamaño de las colas de los pavos reales. Los grupos, separados por sexos, intercambian miradas y sonrisas ocultas tras las manos. Están en la parte trasera de las iglesias, apartados de los ojos paternos. Pero aunque en Ankawa los velos no abunden y se vista a la occidental, sólo habrá intercambio de sonrisas. Cualquier otro pensamiento es traspasar los límites de lo públicamente aceptado.

Los padres y abuelos, aunque sobre todo sean abuelas, también visten sus mejores galas. Como solía ocurrir en la España de hace años, las mujeres se tocan con pañuelos de encaje. Muchas llevan con orgullo pañuelos blancos comprados en Fátima, como queriendo recordar que los caldeos son católicos. Y así es como se definen cuando les preguntas. Y cuando tratas de indagar sobre las diferencias entre las misas caldeas y las católicas en España, no te entienden: sólo hay un rito, el católico. Pero en España la mayoría de las misas ya no se dan de cara la altar ni tienen tantas partes, ni se llega una hora antes para rezar hasta que entre el cura y empiece a cantar la misa. Tampoco existe división de lugares dentro del templo. Hombres y mujeres ocupan dos espacios diferentes, ellos delante, atrás ellas. Esta separación se respeta escrupulosamente. En cambio, en las sillas colocadas en el exterior no hay ningún tipo de división o jerarquía.

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Muchas de las mujeres tocadas son viudas. Unas por causas naturales, otras por las diversas guerras habidas en los 40 últimos años en Iraq, otras debido a la persecución y exterminio que muchos cristianos han padecido [y padecen]. El aumento de la violencia sectaria contra los cristianos se recrudeció desde la invasión americana de Iraq en 2003, y son muchos los iraquíes del sur que hubieron de buscar refugio entre los kurdos, otro pueblo históricamente perseguido. Pero ellos no son kurdos, como me recuerda el amigo con quien me alojo. “Aquí, es mejor hablar árabe”. Así que toca cambiar las cuatro palabras que sé de kurdo por las cuatro en árabe.

La población de Ankawa se ha multiplicado casi por 6 en una década, pero lleva recibiendo refugiados internos desde la década de los 80. Vienen al kurdistán por la paz que disfruta esta región semiautónoma. No quieren irse de Iraq, pero les es imposible quedarse en sus hogares. El boom económico que está viviendo esta región es otro aliciente para una comunidad a la que tradicionalmente se le ha otorgado el marchamo de rica, pero que no lo es tanto.

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En Ankawa se sienten cómodos. Pueden abrir negocios de venta de alcohol, las mujeres pueden vestir a la occidental y la sociedad es algo más liberal. Pero aún así expresan su deseo de poder celebrar abiertamente su fe. Querrían poder realizar procesiones por las calles en lugar de en los jardines de los templos. O no tener que adaptarse a normas musulmanas como la prohibición de la venta de alcohol durante el Ramadán, porque los jóvenes musulmanes vayan a emborracharse y los líderes religiosos les acusen de pervertir a la juventud. Muchas de estas medidas impopulares se han impulsado desde el propio ayuntamiento de Ankawa y han ido encaminadas a prevenir posibles enfrentamientos entre las diferentes religiones. Y parece que están teniendo un impacto positivo en favor de la tolerancia.

En contraposición, para los habitantes del barrio resulta normal que muchos locales de shawarma durante esta semana no sirvan carne y sólo vendan falafel. O que en restaurantes y tiendas se deje de servir alcohol [algunas veces obligados por la policía] mientras dure la semana de pasión.

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