La espera

Un año y veintitrés días. Eso es lo que ha tardado en volver la angustia, el miedo, el silencio al corazón de los habitantes de Filipinas. Sólo puedo hablar por los de la pequeña isla de Bantayan, donde llevo poco más de dos meses, pero no es difícil extrapolar. Casi trece meses es lo que ha tardado en producirse otro super-tifón que las predicciones situaban con un curso idéntico al Yolanda. Santa Fe, una ciudad turística que empieza la temporada alta, se calló. No por repetido el tópico deja de ser cierto, era un silencio tenso, áspero, espeso. Un silencio de espera. Como en muchos países en desarrollo, aquí el ruido es constate: coches, niños, radios, martillos, videokes (la versión local del karaoke), madres, motocicletas, sierras mecánicas. Pero ayer no.

Las tiendas estaban llenas, pero las calles desiertas. Costaba encontrar un triciclo. La mayoría de sus conductores habían vuelto a sus casas en los pueblos cercanos para preparse, la pérdida de todas tus posesiones es una severa institutriz. No se podía pasar por los pasillos del único supermercado del pueblo. Las dependientas, sentadas en esas banquetas de plástico tan presentes en asia, se afanaban en cambiar -subiendo, claro- los precios. Hay que mirar en el fondo del saco para saber el precio del arroz. Normalmente los costales rebosan con el arroz, no hoy. Las esquinas del trozo de cartón están afiladas, recien cortadas y el precio se lee sin problemas: 50 pesos el kilo. La semana pasada estaba a algo menos de 40. Más de un 25% de aumento, todo un lujo para quienes a veces beben agua para aplacar el hambre.

El resto de tiendas que siguen abiertas también estrenan carteles para los precios. Pero no es lucro, o al menos es comprensible, muchos de los dueños tampocon viven sobrados. Los carteles seguirán todo el día, mientras los tenderos están más distraidos que de costumbre y no te acribillan a preguntas. Muchos cerrarán a mitad de la tarde. Por la noche sólo permanecerán abiertos los locales para extranjeros.

Hablar con los que vivieron el tifón que arrasó la isla el 8 de noviembre de 2013 en este momento no es fácil. Todos recuerdan y a todos se les vacían los ojos. Siguen sonriendo, esa una característica de los filipinos: cuando no saben qué hacer, cómo reaccionar, rien. Pero la risa ahora se detiene a la mitad y ni siquiera es nerviosa. Tras 388 días muchos empiezan a recuperarse algo y recordar la desolación los parte. “Mi casa es nueva” me comenta Bune, el pescador con quien más relación tengo y que sigue viviendo sobre la arena. Y se te viene a la cabeza: Y tu barca también es nueva. Y el motor sobre el que tienes un préstamo que terminará en septiembre de 2015. Y la casa de tus padres y la de tus primos y la del hermano de tu mujer, el que vive ahí detrás, y la barca de tu padre que no sale a pescar porque le embargaron el motor, y, y, y. Y este tifón viene fuerte, sigues pensando. Trato de explicar que las previsiones dicen que parece que se desviará al norte, que no seguirá el curso del Yolanda, pero las previsiones cambian muy rápido. “Ten mucho cuidado” es lo único que se me ocurre como despedida. Y te vas, con un nudo en el estómago.

En el restaurante italiano la música está extremadamente alta. Muchísimo más que de costumbre. Mientras pienso si pedirle al dueño que baje la música éste la sube. Desde mi mesa le escucho pensar. Hace un año lo perdió todo, se voló el bar, las mesas, los tejados de nipa -palma trenzada-, las botellas, árboles, TODO. Hace una semana estrenaba menús, recién plastificados, con sus esquinas en perfecto estado esperando que los turistas las acaben doblando y despegando. Andrea Bocelli me dificulta oir a mi mujer, pero los pensamientos del dueño no me dejan escucharla. Los suyos, los de su esposa filipina -que estuvo sola durante la tormenta- y los de las cinco camareras, más distraidas, menos serviciales, menos preguntonas, menos sonrientes.

Vibra el móvil en el bolsillo y lo saco. El último informe sobre el tifón. Sigue en categoría 5, pero además viene con ganas. Eso significa vientos de más de 300 km/h. Algunas predicciones hablan de que habrá rachas que alcanzarán 175 nudos. Hago la conversión en Google: 324km/h. Eso es más que el Yolanda. Por mucho que se desvíe el ojo al norte, con un diámetro de 600 kilómetros va a darnos fuerte. Pero aún quedan uno o dos días para que llegue a Samar, la isla más oriental, pegada a Leyte en la que está Tacloban. Ellos se llevarán la peor parte, eso es seguro. Bantayan está más al oeste y protegida entre otras islas grandes. En Samar se espera que el nivel del mar suba de 10 a 15 metros, sólo hay agua entre ella y el tifón. Aquí subirá algo menos, de uno y medio a tres. Pero hay que añadir que lo más probable es que llegue con marea alta. Y además, será marea viva, la más alta del mes.

Y pienso en el poblado de Bune. Y en sus posesiones. Y en su familia. Su hija tenía seis meses cuando pasó el Yolanda. Ahora un año y siete meses, ahora sí podrá recordar pienso, …si tiene suerte me asalta. Y como Bune hay miles de personas en la isla …y a Samar le va a dar fuerte…

Acaba la cena y hablamos en el camino vuelta a casa. Llamamos a la familia y tratamos de que estén tranquilo, se lo queremos contar antes de que los medios empiecen a poner espectaculares planos aéreos del destrozo del Yolanda. Nosotros estamos bien preparados, tenemos comida, agua, gas, velas, sabíamos desde que llegamos que podía pasar. En casa no habrá problemas. Estamos lejos del mar, en una casa de ladrillos. Nosotros sólo tenemos que esperar. Pero no es del todo cierto. TENEMOS QUE ESPERAR. Nunca nos hemos visto en esta situación. No eres capaz de hacer lo que piensas que harías en esa situación. No es fácil sacarte de la cabeza todo lo relacionado con el tifón. Sabes que tú estarás bien pero SABES QUE TÚ ESTARÁS BIEN, con todo lo que eso implica. No sabes si Geraldine, que acaba de volver de Cebú en un viaje exprés con su hijo para que lo vea el médico -porque no tiene dinero para pasar la noche allí- estará bien. No sabes qué pasará con el poblado de Bune y las barcas de los pescadores. No sabes qué le ocurrirá a Conchin y a su marido Michael ni a sus hijos que llevan un mes viniendo a cantar villancicos a casa junto a sus amigos. Ni a Mariano ese vejete que siempre te saluda con una sonrisa de oreja a oreja, tío abuelo de Cockoy, el conductor de triciclo con barba de Fu Man Chu y que cada vez que te ve te recuerda que le llames, que como él conduce una bici en lugar de moto su familia apenas tiene para comer. Y sabes que tú estarás bien.

Esa noche te vas tarde a la cama. Estás preparando la casa, pero eso es una excusa. Necesitas que el sueño te derrote para poder dormir. Si no, no pegarás ojo.

La primera luz. Todavía dormido miro busco el teléfono y con un ojo guiñado trato de dar con la app de alertas. Y cuando se abre, te despiertas de repente, el tifón ha perdido fuerza y es categoría 4, bajando a categoría 3 en 36 horas. E inmediatamente piensas en la gente de Samar. Aún así les va a dar fuerte, pero a ver si el cabrón se mete en el océano de nuevo. Y piensas en el logista de la ONG que en cuanto se supo la posible trayectoria dejó la isla protegidita donde estaba y cogió un avión a Samar. Y en toda la gente que lleva trabajando un año, reconstruyendo casas -cuatro paredes y un techo de madera, no penséis en otra cosa- y a quienes la noticia del tifón les sentó como un jarro de agua fría. Porque se trató que todas las ONG diseñaran casas resistentes a tifones, pero ninguna resiste uno categoría 5. Y te alegras.

Desayunas y sigues preparando la casa. Hay muchos tiempos muertos que no puedes matar. Encima se ha acabado el prepago de la televisión satélite. No te concentras para una tarea que no sea mecánica. Fuera se está bien. No llueve, está nublado y ayuda a que no haga calor. Los niños de Conchin juegan al bádminton y te miran con caras raras mientras llenas las ventanas de cinta. ¿Cómo se estarán preparando en sus casas? Y sabes que la respuesta es desalentadora, bien no lo están haciendo, bien lo están haciendo mal: hay veces que no es cuestión de querer, sino de poder permitírtelo. De camino a la tienda, la autopista -la carretera que une Santa Fe con la ciudad de Bantayan- está llena de triciclos y coches parados con familias cargando cocinas de gas, bombonas, arroz, cacerolas, cervezas, mantas. Se van al centro de evacuación, no quieren que este tifón les pille desprevenidos como en el Yolanda. La panadería está vacía. Sólo quedan seis bombonas de agua, el exceso habitual ha volado. No hay pan ni dulces ni hormigas sobre ellos. Pides que te recaguen la televisión satélite, y mientras esperas tratas de hablar, pero cuesta. En la televisión del fondo sale la rueda de prensa de la agencia meteorológica -PAGASA- explicando la trayectoria del tifón. “Es la misma que el Yolanda” comenta con los ojos vidriosos la dueña de la panadería, una mujer de unos sesenta años que hace tiempo que no se tiñe el pelo. Su familia está preparando la casa y ella irá más tarde. Rosendo es el único que te interroga. Él acaba de volver de Bogo, un pueblo en la vecina isla de Cebu, para estar con su familia.

Vuelves y miras las trayectorias. Cinco agencias internacionales y cinco trayectorias. Sólo los americanos mandan el tifón hacia el norte, hacia Manila. Y piensas en los interminables suburbios. Y piensas en Junrey, un magnífico pescador vecino de Bune.

Acabas de preparar la casa. En ese periodo, visitas repetitivamente las webs de información sobre tifones. Sólo se necesitan dos días para hacerte experto. Las conoces todas. Lo comentas con los vecinos e intercambias opiniones o descubrimientos. La casera de los vecinos de las casa nuevas de atrás ha cerrado con maderas las ventanas, como en las películas. La nuestra -que por cierto, es la misma- ha decidido que el grupo de casas antiguas no merecemos ese trato. Sigues consultando las webs a pesar de que sólo se emiten informes cada seis horas y aún falta al menos una para el siguiente. Y cuando cambia la información sonries. Cuando llegue a Samar será categoría 3. Eso significa aún vientos entre 180 y 210 km/h, pero no es un categoría 5. Y además se dirige al norte. A Bantayan cada vez parece que le afectará menos. Todavía habrá vientos de 70 a 110 km/h que harán volar muchas casas. Según PAGASA, las zonas a la misma distancia que Bantayan del ojo perderán muchos cultivos, se dañarán casas y entrará en la isla el mar, habrá inundaciones. Lo más seguro que aquí estemos sin comunicaciones unos días. En previsión, se lo comentas a tus familiares y amigos. Estás tranquilo porque sabes que tienes planes alternativos, estás bien preparado. ¿Cómo se prepararán las granjas avícolas para una situación así? Han pasado un año y veintitrés días y la producción de huevos aún no se ha recuperado y eso lo sufren todos los habitantes de las Visayas occidentales, que pagan más caros un alimento que consumen varias veces al día.

Y se te viene a la cabeza que lo que das como seguro son previsiones. Ese frente de aire frío que ha reducido la violencia del tifón se puede ir. O que llegue un frente cálido y el cabrón vuelva a coger fuerza. E inmediatamenmte pulsas F5, a pesar que sabes que hasta dentro de al menos media hora no hay ningún parte nuevo. Y son las 21:30. Llevas toda la tarde vagueando intentando distraerte y toca cenar y hay algunas cosas por hacer -mete la ropa en bolsas de plástico, por si llega el agua a la casa-. Y hay tantas cosas que te dejas en el tintero mientras escribes, pero ya no puedes. La incertidumbre de las previsiones te ha descolocado. Te ha vuelto a poner ese nudo en el estómago que esas mismas previsiones te quitaron. Porque piensas en la poca gente que conoces. En sus vidas, que son muy duras, pero siempre sonríen y te hacen sentir acogido. Y piensas en los millones de filipinos que hace un año y algo menos de un mes se vieron afectados por el Yolanda. Y deseas que Hagupit -o Ruby según PAGASA- decida volver al océano. Pero sabes que ese no será el caso.

Adenda: Son las 22:30 y ya ha salido el nuevo pronóstico, desmoronando parte de las esperanzas. Sigue con categoría 4 hasta dentro de 36 horas. Espero levantarme mañana y poder sonreir de nuevo.

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  1. Ana Responder

    Os admiro por vuestra fuerza y solidaridad. Esperemos que quede en una historia que contar. Besos y ánimo!

  2. Quino Muñoz Responder

    Animo y veréis como amaina la fuerza.. Si no es así suerte y que sirva de experiencia y cause pocos daños. Un abrazo.

  3. Lola Responder

    Dicen que una imagen vale más que mil palabras y yo afirmo que lo que has escrito supera con creces las imágenes que hemos v
    visto.hoy.. Os deseo todo lo mejor.

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