La crisis

Los más optimistas quieren ver luz al final del túnel. Se dice que EE. UU. y China están en la senda de la recuperación económica y que Europa les seguirá con medio año de retraso. Eso es bueno y significaría que la pesadilla de una Gran Depresión a comienzos del siglo XXI no se convertiría en una durísima realidad.

Sin embargo, y a pesar de las intenciones del G-20 (ya discutiremos en otra ocasión su bondad o deseos de cambio), la escasa duración de la crisis y sobre todo su escaso calado real, no propician un futuro diferente. Mucho se habló (tal y como ocurre con todas las crisis), de la necesidad de cambiar el capitalismo, hacerlo más humano, y algunos preconizaron (otro lugar común) su fin.

Personalmente creía que esta crisis iba a cambiar algo. Que los cambios venían produciéndose desde hacía mucho tiempo con altibajos. Que algunas veces éramos más conscientes que otras. Y que poco a poco, los que hemos tenido la suerte de nacer en el Primer Mundo (pequeña isla), dejaríamos de mirarnos el ombligo y empezaríamos a vivir un poco menos bien (sólo un poco), para que el resto del planeta no muriese de hambre (1 y 2). O de falta de agua potable. O por guerras que rápidamente olvidamos (si estuvieron alguna vez presentes) y que muchas veces este Primer Mundo causó.

Creía en una corriente de responsabilidad moral que comenzó a expandirse entre la población a finales de los 80 y que en los 90 alcanzaba ya grandes números. Esta corriente debía acabar de asentarse a comienzos del siglo XXI y éste sería un cimiento perfecto para el cambio. Aún creo en esta idea. Creo que cada vez la gente se preocupa más por el bienestar común, ya sea entre los más cercanos a ellos o los más lejanos. Cada vez más jóvenes (y mayores) deciden intentar ayudar y a su vez son ejemplo entre sus allegados, que si no les imitan, al menos se conciencian. “Piensa global, actúa local”. Éste fue un eslogan que se puso de moda en los 90. Empezó en el mundo de la ecología pero rápidamente se extendió a todos los campos de la ayuda. La gente que vivía tan bien, cada vez colaboraba más con ONGs, se preocupaba, actuaba.

Estos pequeños pasos son los que la crisis sepulta. En momentos donde falta el dinero, la conciencia se deja a un lado y sólo se busca sobrevivir. Es natural y para nada reprochable. El problema llega cuando tenemos anteojeras y pensamos que las crisis son cíclicas. Que no se pueden hacer nada ante ellas. Que sólo nos queda afrontarlas y aguantar el chaparrón lo mejor que se pueda. Esto es cierto, pero no podemos olvidar que esta crisis se debe a la avaricia, a la codicia más despiadada. Que la frase que acaba con “… socialización de deudas”, empieza con “privatización de beneficios”, y esa parte siempre se esconde. No debemos olvidarlo. Y una salida rápida de la crisis conseguiría ésto.

Cuando se producen paros bruscos, se tiende a cambiar parte de la maquinaria para que se siga rodando, incluso mejor. Cuando sólo se desacelera, se le inyecta combustible (léase más dinero) para volver a acelerar.

Todavía es pronto para ser tan negativo acerca del final próximo de la crisis. Los grandes expertos son quienes suelen equivocarse más a menudo (también es cierto que otras veces aciertan). Sólo el tiempo dirá. Lo que espero, es que el camino que llevo tiempo creyendo ver, no sea un espejismo y realmente avancemos por él. Sólo recordando qué causó esta crisis, podremos cambiar algo. Los cambios no pueden ser radicales, no se consigue nada. Pongamos unos buenos cimientos y, como suele decirse, sin prisa pero sin pausa, consigamos algo: que todos vivamos algo mejor, ofreciendo algunos parte de nuestro exceso de bienestar.

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