Campo de refugiados de Akre

Ayer tuve la oportunidad de visitar el campo de refugiados de Akre, el más pequeño en el Kurdistán iraquí. El campo se encuentra en una antigua carcel de la época de Saddam y alberga algo más de 1100 personas. Las familias que viven allí proceden mayoritariamente del kurdistán sirio.

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Las condiciones de vida son mejores que en las tiendas de plástico, pero las instalaciones están en mal estado. Desde la apertura del campo en agosto de 2013, sus habitantes han ido haciendo reformas e incorporando  poco a poco elemnetos que hacen sus vidas más fáciles. Han llevado electricidad a las viviendas para poder tener luz por las noches y ver la televisión. En el patio se han dispuesto tiendas de campaña que sirven recintos de actividades para los niños y letrinas comunes que sirven de apoyo a los baños de la prisión.

 Las rejas de las puertas se han cambiado por mantas y plásticos que proporcionan algo de intimidad aunque no protejan del frío. El silencio de los pasillos se rompe por conversaciones provenientes de las viviendas o por el ruido de platos metálicos que chocan cuando se lavan en las cocinas comunales.

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Los suelos de las habitaciones están cubiertos por alfombras y todas las posesiones de las familias se amontonan en bolsas de plástico o rafia contra las paredes. Algunos tienen colgadas fotos o páginas de revistas o dibujos de sus hijos, otros nada.

La habitación que comparten Saleh y Diab no es una excepción. Tienen colgadas sus ropas y carteles de la organización que ayudó a alojarles en la antigua cárcel. En la pared de enfrente, se encuenta la televisión junto a las bolsas con sus ropas. Todas son donaciones. Hubieron de salir de Damasco con lo puesto y una pequeña maleta. No hablan inglés, así que hemos de entendernos por señas. Explican cómo una noche tuvieron que coger a su familia y huir. Diab trabajó como bombero por 17 años pero decidió que debía salir del país cuando su camión fue bombardeado. Saleh regresó a Siria con su familia desde Alemania justo antes de estallar la guerra y a finales de julio de 2011, tras estar viviéndola cuatro meses, volvió a salir del país, esta vez como refugiado. Viven junto a él su hijo pequeño y su hija mediana. La mayor casó hace poco y vive en una ciudad a dos horas. Gandi, el hijo de Saleh quiere ser futbolista como casi todos los niños de su edad, y el padre está convencido que llegará a ser una estrella.

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Toda la prisión está llena de ropa tendida. Es lo primero que las mujeres hacen para que de tiempo a secarse. El resto de tareas vienen después. Los corrillos de mujeres se encuentran en los soportales del patio central. Están limpiando los platos, empezando a preparar la cena, o simplemente hablando.

Mientras los hombres se encuentran en las viviendas, los niños están en el patio, vigilados por las mujeres. Juegan, hablan y se pelean. Hay ruido, pero no el que cabría esperar con tantos niños corriendo por todos lados en un día festivo.

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Durante la semana, los niños asisten a la escuela en el propio campo, pero fuera del recinto de la prisión. Tanto en éste como en el resto de campos existen diversas organizaciones trabajando por la mejora de las condiciones de vida de los refugiados. Las actividades dirigidas a los niños suelen tener lugar fundamentalmente los viernes y sábados, días festivos musulmanes. Muchas fomentan la creatividad infantil como medio para poder canalizar sus sentimientos, otras son simplemente lúdicas. La vida en el campo de refugiados es repetitiva. Pueden salir del campo e ir a la ciudad, pero carecen de recursos económicos ya que muchos no tienen empleo, por lo que pasan gran parte de su tiempo dentro. Aquellos refugiados que encuentran empleo se suelen conviertir en mano de obra barata, lo que acaba convirtiéndose en un problema de rechazo por parte de la población local. Un problema que aumenta conforme se prolonga su situación de refugiados sin que exista más solución que la vuelta a sus hogares cuando el conflicto sirio termine.

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